Micro-cartografía de la neo-normalidad

Andrés Saldarriaga

15 de Mayo del 2020

I
No hay en dónde replegarse: la colonización de la vida íntima por las formas del tele-trabajo y del tele-consumo avanza rápida y segura. El adentro doméstico se vive ahora como lo opuesto a aquello que quisiera ser: como la forma más inmediata del desamparo. Nada cubre del peligro.

II
La población está en manos de los Bancos, toda su vida le pertenece a los Bancos: desde la cuenta de nómina sin la cual no hay salario y por lo tanto no hay comida, siguiendo por la eterna deuda de la tarjeta de crédito, hasta la imposición bio-securitaria de las transacciones dinerarias virtuales como única forma segura de tratar con el dinero empírico.

III
Al mismo tiempo, la población está bajo el control de los Ejércitos. Cada paso de la vida cotidiana tiende a convertirse en objeto de un control militar que ha venido a remplazar las funciones (en realidad nunca protectoras) de la policía. La vida cotidiana adquiere el aspecto de un entramado de prohibiciones y de protocolos de conducta. La presencia de lo policial (en su aspecto incluso de ocupación militar) se siente en el ritmo de la vida diaria: horarios y días de salida, toques de queda, restricciones de movilidad, salvoconductos para desplazarse de un sector de la ciudad a otro.

IV
La marcha de los Bancos y de los Ejércitos converge con toda naturalidad en un punto: la Economía. Prueba de ello es el secreto a voces de la nueva normalidad: reabrir las economías a como dé lugar. En este punto se revela el núcleo actual de la crisis: se trata de la revuelta del Capital contra la enfermedad. En realidad, contra la vida en general. La manifestación palpable de esto: gerentes que amenazan con reabrir fábricas en medio del confinamiento oficial, presidentes que enardecen a las masas asalariadas para que obliguen a sus empleadores a dejarles trabajar. No es la transformación del mundo que se esperaba hasta hace muy pocos días, sino el relanzamiento del Capital como poder hegemónico —queriendo callar de paso a esa cantinela que tanto lo molesta con lo de la finitud de los recursos naturales.

V
El tiempo de la ocupación pandémica se expande como un horizonte infinito: el virus puede llegar a ser controlado, pero la ocupación bio-securitaria de la vida cotidiana permanecerá, mudada en hábitos de auto-cuidado con carácter punitivo, en nuevos terrores nacidos de nuevos milagros, en nuevos mecanismos de auto-culpabilización —y no, ciertamente, en una verdadera renovación de la sociedad. El resultado será una especie de historia redundante, de pleonasmo de pesadilla, una realidad hecha de la vieja precariedad más la nueva limitación bio-securitaria de la vida: el futuro será una mezcla brutal y confusa formada por todas las miserias de todos los pasados.

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